Cuando un amigo se va.

Días tristes. Otra vez una mala noticia y otra vez el cáncer.
La enfermedad ha seguido siendo el Apocalipsis del mundo, con mayor peligro para los hombres, sobre todo jóvenes y fuertes, al menos aparentemente, pues son más reacios a asistir a consultas médicas y a reconocer que necesitan ayuda, por la siempre tozuda testosterona, una hormona que les hace creerse invencibles. Entonces lo que posiblemente pudiera atajarse a tiempo, se demora y al final, se precipita.
Los tratamientos contra la enfermedad son venenos: Taxol, Oxiplatino, Carboplatino. No hay otra forma menos cara y más efectiva hasta ahora, al parecer. No valen ensayos de dietas y gimnasias. Al ser una enfermedad inflamatoria, lo más lógico sería el reposo, pero ni así. Que si el agua, que si el ayuno, que si la fruta; nada vale salvo en casos excepcionales, cuando un potente sistema inmunológico ha dado su “paso al frente”, y entonces la cura se disfraza de milagro.
Sería bueno que todos nuestros hijos estudiaran Bioquímica para luchar juntos contra el mal de una vez y por todas. Porque de manera aislada nada se ha conseguido. Hacen falta todos los esfuerzos del mundo.
Y mientras, seguimos perdiendo amigos. Días tristes.

Anuncios

Semblanza de un neurólogo cubano: el doctor Saínz

Aunque más que médico parece diplomático. Da gusto hablar con él, explica a los padres cada afección, como si estuviera dando la clase de su vida. Sana las angustias con la esperanza de su conocimiento. Y a la vez resulta campechano, sonreidor. A pesar de sus intentos por mantener el control ante las adversidades, no puede evitar que aparezca la preocupación inmediata en su rostro cuando algún análisis (Tomografía, Electroencefalograma, u otros más comunes) evidencian alteraciones. Enseguida detiene la consulta y lo vemos a paso rápido por los salones del Hospital Pediátrico de Centro Habana o el Policlínico “Pedro Borrás”, de Plaza, donde alterna su saber.
Argelio Saínz Olivera nos cuenta de una niñez pobre. Su familia constaba de varios hermanos. Los varones ayudaban al padre. Las hembras, a la casa con la mamá. Es de las personas que agradece el cambio revolucionario de 1959 porque en él vio el destello, la oportunidad de hacer real un sueño demasiado caro. Por eso, nada le pareció excesivo: fue a los trabajos en el campo, a dormir en hamacas, a la intemperie, como era entonces, en esos primeros años. Cumplió sus guardias, todas las exigencias, humilde y tenazmente. Se hizo médico y no ha parado de estudiar. No sólo libros de neurocirugía, sino religiones, historia, sociología. Su disciplina muchas veces lo coloca al filo de la mera existencia de un niño.
Con frecuencia, Saínz evalúa la mente de sus pequeños pacientes a través de preguntas de Historia de Cuba.
-¿Cuándo nació Martí? Si no me lo dices bien, con la edad que tienes, puede que haya que abrirte la cabeza.- amenaza sonriendo a un travieso de diez años.
Cuando detecta un problema, se torna, eso sí, muy serio. Prefiere hablar siempre con el principal implicado. Pone de pie al muchacho, se para frente a él y le mira a los ojos.
-Mira lo que te voy a decir: no puedes tomar una gota de alcohol… ¡una sola gota de alcohol! Porque te caes redondo en el suelo. No recuerdas nada. Y puede pasarte cualquier cosa. ¡Aunque te lo pida la novia! Y a la que te diga que tomes, que bebas un poco, que no pasa nada, ¡la botas!
Con los certificados médicos llenos de dietas y prohibiciones, es inflexible. A veces rebotan de la escuela porque la maestra o la dirección del centro educativo desea más especificidad, o piensan –como ha sucedido- que se ha expedido, regalos de por medio, para evitar la participación del niño en actividades que los padres no desean.
– Ese es el tratamiento que yo pongo y se hace así, exactamente. No puede comer eso y punto. No puede hacer ejercicios y punto. No puede tomar el sol. Es lo que hacemos para mejorarlo. Lo demás son medicamentos y eso no interfiere, si no, aparecería ahí en el papel. No escribo una palabra más.
El doctor Saínz es muy seguro de su saber y de su título. Orgulloso de su proceder ético, continúa recibiendo a diario a los pequeños y a sus progenitores, que le agradecemos su existir para poder pasar mejor por la vida.

“Nuevas Confesiones a un Médico”: ¿un libro para los padres?

Cuando hace algún tiempo el doctor Jorge Pérez Ávila, investigador y médico cubano, y un abanderado en su lucha, inició su saga de “Confesiones a un Médico”, no pensé que el tema prendería tanto por la cantidad de prejuicios que aún existían sobre la infección con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) que provoca el Síndrome de igual nombre (SIDA). Pues todavía hoy mucha gente, tanto homo como heterosexuales, se consideran invencibles frente al mal, bajo el errado punto de vista de “qué va, a mí eso no me toca”, con no sé qué argumentos absurdos. Y miran a la persona seropositiva como un bicho raro: alguien que ha sido castigado o que se equivocó -y cualquiera puede equivocarse, señores.
¿Por qué incluyo este comentario en este sitio dedicado a la infancia? Porque muy aleccionador resulta el segundo volumen “Nuevas Confesiones a un Médico”, acerca de las tempranas edades a las que se infectan por vía sexual los adolescentes y jóvenes; y los errores de crianza, tanto maternos como paternos, que hacen más fácil la adquisición de la enfermedad.
Perdí a un amigo de SIDA a sus florecientes 34 años, y no deseo su suerte para hijos propios ni ajenos. Leamos este texto, que de teque y de lecciones no tiene nada, sino simples y descarnadas vivencias, apenas ejemplos; de verbo puro y duro (tanto que lastima como puñalada por su veracidad cruel); y aprendamos cómo cuidar mejor a nuestra prole. Tengamos mucho dinero o ninguno, condiciones materiales fastuosas o la más mísera pobreza: el amor, la comunicación en todo momento, la claridad y transparencia en las conversaciones, el apoyo y la comprensión, son vitales en el real combate contra el microorganismo que les arrebatará la vida a nuestros hijos si no permanecemos en alerta. Como dice nuestro psicólogo Manuel Calviño: Vale la pena.

Las enseñanzas del cólera

Durante mi infancia y mi adolescencia, cuando estudiaba en seminternados y becas – años ochentas del pasado siglo 20-, tuve que hacer autoservicio en varias oportunidades, o lo que es lo mismo, ayudar en la cocina y en el comedor escolar. Repetidas veces me tocó fregar. A muchos no les gustaba pues siempre había un fregadero con una pila o llave de agua hirviendo, donde se restregaban con detergente y luego se enjuagaban las bandejas de aluminio, después de quitárseles los restos de comida. También antes de ingerir alimentos nos podíamos lavar las manos, y después de hacerlo, los dientes. Pero no sólo la higiene reinaba en las escuelas o centros laborales: en el baño de cualquier cine podíamos encontrar un pequeño jabón en los lavabos.
El Período Especial, nombre de la etapa de crisis causada por la caída del campo socialista, nos dejó a inicios de los noventas con una notable escasez de jabón, detergente y otros artículos de limpieza. La higiene se resquebrajó entre los cubanos, quienes siempre fuimos tan jactanciosos de nuestra pulcritud. El problema se extendió, no sólo debido a la influencia del bloqueo externo, sino a la corrupción interna, pues, como se dice en buen cubano: los artículos de limpieza e higiene son aún “material bélico”: caros en las tiendas y escasos por momentos, por lo que “desaparecen” de los almacenes de cualquier escuela o centro de trabajo con relativa facilidad. Con la excusa de que “lo que no mata, engorda”, “de algo se tiene que morir uno” y otras sandeces populacheras de ese tipo, mezcla de ignorancia y desidia, los aprovechados intentaban calmar los reclamos de los “exagerados”, quienes pretendíamos apenas una vida más sana.
Por eso a muchos no nos resultó extraño, aunque sí alarmante, el brote de cólera en nuestra capital a inicios de este año, luego del detectado en Oriente a mediados del 2012, causado por esa bacteria danzante, la que vibra –de ahí su nombre, Vibrión- y que puede llevar a la muerte a cualquier ser humano en menos de 24 horas, sin tratamiento. Fácilmente visible al microscopio, fue detectada muy a tiempo y tratada con potentes y certeros antibióticos, y lo más importante: se ha comenzado a concientizar nuevamente la urgente necesidad de la higiene. Jabones, cloro, detergentes… ¡agua! han reaparecido en centros de enseñanza de todos los niveles y centros laborales de todo tipo, bajo la presión de las autoridades sanitarias. Y las madres y los padres preocupados –“extremistas”, nos llaman algunos- volvemos a ser felices pues nuestros hijos ahora son obligados por sus maestros a lavarse las manos antes de entrar a la escuela, de merendar y de almorzar; y a beber agua hervida. Y se vela por la limpieza constante de los servicios sanitarios. Comportamientos que debieran volver a ser cotidianos y no excepcionales.
Ojalá, por el bien de todos, estas sanas y necesarias medidas se mantengan como costumbre, mediando la vigilancia sostenida de las instituciones encargadas de la salud en nuestro país, aunque logremos dejar atrás exitosamente los tiempos del cólera.

Roberto Crispín Sarrá y el taller “La Edad de Oro” nuevamente en la Galería L

Exposición del Taller "La Edad de Oro" con el profe Crispín en la Galería L.

Exposición del Taller "La Edad de Oro" con el profe Crispín en la Galería L.

Este sábado 12 de febrero se inauguró una exposición sui géneris en la Galería L de Extensión Universitaria, en calle L entre 23 y 21, al costado de la heladería Coppelia, en el edificio donde se estudian las carreras de Contabilidad y Finanzas, para más señas. Se trata de “Flores que curan al adulto mayor”, una muestra colectiva del profesor Roberto Crispín Sarrá y sus discípulos del taller “La Edad de Oro”, donde participaron Ana Lucía, Anelis, Robertico, Luna, Renaldito, Alejandro, Jesús Karlo, Diego, Daniela y Moisés. Lee el resto de esta entrada »

Publicado en Art, ciencia, Cuba, Family, Friends, infancia, niñez. Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , . Comentarios desactivados en Roberto Crispín Sarrá y el taller “La Edad de Oro” nuevamente en la Galería L

Nuevas de un médico cubano: el doctor Roberto Cañete.

Como pez en el agua: Cañete en el laboratorio.
Como pez en el agua: Cañete en el laboratorio.

Además de buen padre, es buen pediatra. Siempre presto a atender a sus pacientes, siempre deseoso de averiguar las causas de sus males, le encontramos en el Instituto de Gastroenterología de La Habana cada semana, donde labora como Parasitólogo adjunto. Como ya le conocemos, es Médico Especialista de Primero y Segundo Grados en Microbiología, del Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología de Matanzas.

Se graduó en 1997 de Doctor en Medicina en la Facultad de Ciencias Médicas “Dr. Ernesto Che Guevara de La Serna”,  de su natal Pinar del Río, y recibió entrenamiento de postgrado y especialización en el Instituto de Medicina Tropical “Pedro Kourí” y en el propio Instituto de Gastroenterología, ambos en la capital. En el Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología de Matanzas, ha realizado diplomados en Dirección y Promoción de Salud y en el 2009 logró el Doctorado en el Instituto Superior de Ciencias Médicas “Victoria de Girón” de La Habana, Cuba. Lee el resto de esta entrada »

Nueva exposición de Crispín al aire libre.

Crispin en su muestra de este enero del 2012

Crispin en su muestra de este enero del 2012

Una vez más nos llega la colaboración noticiosa de manos de la amable y linda Karla, hija adorada y mejor promotora de su padre, Roberto Crispín Sarrá. En efecto, nuestro amigo, artista de la plástica cubana, quien -por cierto- continúa dirigiendo el taller sabatino de niños y adolescentes “La Edad de Oro”, mostró su serie Flores de Bach y Adulto Mayor a su pueblo de Cuba como siempre hace antes de exponerla en otros espacios. Lee el resto de esta entrada »