Semblanza de un neurólogo cubano: el doctor Saínz

Aunque más que médico parece diplomático. Da gusto hablar con él, explica a los padres cada afección, como si estuviera dando la clase de su vida. Sana las angustias con la esperanza de su conocimiento. Y a la vez resulta campechano, sonreidor. A pesar de sus intentos por mantener el control ante las adversidades, no puede evitar que aparezca la preocupación inmediata en su rostro cuando algún análisis (Tomografía, Electroencefalograma, u otros más comunes) evidencian alteraciones. Enseguida detiene la consulta y lo vemos a paso rápido por los salones del Hospital Pediátrico de Centro Habana o el Policlínico “Pedro Borrás”, de Plaza, donde alterna su saber.
Argelio Saínz Olivera nos cuenta de una niñez pobre. Su familia constaba de varios hermanos. Los varones ayudaban al padre. Las hembras, a la casa con la mamá. Es de las personas que agradece el cambio revolucionario de 1959 porque en él vio el destello, la oportunidad de hacer real un sueño demasiado caro. Por eso, nada le pareció excesivo: fue a los trabajos en el campo, a dormir en hamacas, a la intemperie, como era entonces, en esos primeros años. Cumplió sus guardias, todas las exigencias, humilde y tenazmente. Se hizo médico y no ha parado de estudiar. No sólo libros de neurocirugía, sino religiones, historia, sociología. Su disciplina muchas veces lo coloca al filo de la mera existencia de un niño.
Con frecuencia, Saínz evalúa la mente de sus pequeños pacientes a través de preguntas de Historia de Cuba.
-¿Cuándo nació Martí? Si no me lo dices bien, con la edad que tienes, puede que haya que abrirte la cabeza.- amenaza sonriendo a un travieso de diez años.
Cuando detecta un problema, se torna, eso sí, muy serio. Prefiere hablar siempre con el principal implicado. Pone de pie al muchacho, se para frente a él y le mira a los ojos.
-Mira lo que te voy a decir: no puedes tomar una gota de alcohol… ¡una sola gota de alcohol! Porque te caes redondo en el suelo. No recuerdas nada. Y puede pasarte cualquier cosa. ¡Aunque te lo pida la novia! Y a la que te diga que tomes, que bebas un poco, que no pasa nada, ¡la botas!
Con los certificados médicos llenos de dietas y prohibiciones, es inflexible. A veces rebotan de la escuela porque la maestra o la dirección del centro educativo desea más especificidad, o piensan –como ha sucedido- que se ha expedido, regalos de por medio, para evitar la participación del niño en actividades que los padres no desean.
– Ese es el tratamiento que yo pongo y se hace así, exactamente. No puede comer eso y punto. No puede hacer ejercicios y punto. No puede tomar el sol. Es lo que hacemos para mejorarlo. Lo demás son medicamentos y eso no interfiere, si no, aparecería ahí en el papel. No escribo una palabra más.
El doctor Saínz es muy seguro de su saber y de su título. Orgulloso de su proceder ético, continúa recibiendo a diario a los pequeños y a sus progenitores, que le agradecemos su existir para poder pasar mejor por la vida.

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