El “efecto Mozart”, el talento y el ejemplo.

Yo dibujo rápido

Yo dibujo rápido

Para quienes tenemos en la familia profesores de música, es fácil desde niños adentrarnos en ese mundo de sonidos profundos y bien combinados en una excelente composición. También nos da la posibilidad de conocer a fondo las biografías de los autores más destacados, de intérpretes famosos y directores de orquestas, y hasta hacer algún que otro pinino en el piano o la guitarra del hogar, o en otro instrumento que exista.

Para quienes tenemos artistas plásticos, se nos ofrece la oportunidad de embarrarnos de pintura, arcilla, yeso y cuanto material se emplee en la consecución de las obras. ¡Es divertidísimo! Si no me creen, pregúntenle a la pandilla familiar de los Crispines o al ejército de pequeños de Camilleri.

Para quienes gozamos de la presencia de escritores, se nos adelanta la escritura a los 3 ó 4 años y se nos pegan hábitos como el de golpear las teclas de una máquina; o un lenguaje rebuscado y original, inusual para chicos de la misma edad, que mueven a hilaridad en los adultos.

Hace poco se divulgó, más con fines publicitarios que otra cosa, la idea del “efecto Mozart”, la cual derivó en una creencia casi mítica del surgimiento espontáneo de genios a raíz de escuchar la música de Mozart desde el embarazo materno.

Más que una exageración es una falacia. La prueba está en mí misma: escuché a Mozart desde el vientre materno y no soy un genio ni mucho menos. Como tantos otros que conozco. A propósito, también hay genios que desconocen o no gustan de la música de Mozart, pues “para gustos se han hecho los colores”, como dice el refrán.

Además de la fama de Einstein respecto de su preferencia por este creador musical, esa idea absurda tiene su base real en pruebas muy concretas experimentadas por la ciencia, que tienen que ver con las pulsaciones del ritmo y el tono de la música. Mientras más se acerquen estos elementos a los ritmos y tonos biológicos ideales de nuestro corazón y cerebro, mejor nos sentiremos, y por tanto más fácilmente razonaremos, nos relajaremos de tensiones, etc. Pero de genios, nada, ¿eh? Incluso los especialistas señalan que, más que Mozart, el ideal en estos casos es el extraordinario Johann Sebastian Bach, quien prácticamente diseñó el mundo sonoro humano desde su época y hasta el presente. Cuyas creaciones pueden aliviar desde una crisis grave de asma hasta una insufrible cefalea, según tengo comprobado.

Pero este asunto de las cefaleas merece capítulo aparte. Por ahora les propongo disfrutar de la música sin prejuicios, y que el talento, la vocación y el ejemplo hagan el resto.

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