Una oportunidad para los juguetes.

¿Se habrá escapado del cuento de Ricitos de Oro?

¿Se habrá escapado del cuento de Ricitos de Oro?

Muchos padres consideran ocioso jugar con sus hijos. Ya olvidaron el tiempo en que ellos mismos solicitaban igual atención de los que ahora son abuelos. Educar al niño en el juego debiera ser -pienso yo- uno de los deberes importantes que tenemos como padres y madres. No sólo entrenarlos correctamente en un deporte, en el parque de la esquina, en un terreno, sino adiestrarlos en el manejo de juguetes delicados para que no se rompan.

Podemos explicarles a los pequeños las ventajas de mantener un juguete en buen estado, aunque lo utilicemos a diario. En muchas familias se ha comprobado que eso es posible, pues existen juguetes que pasan de generación en generación sin dañarse, y no por falta de empleo en la actividad infantil, sino por el buen manejo y cuidado del mismo. Recordemos qué orgullo sentimos al regalar a nuestro hijo un juguete querido que ha ocupado un lugar preponderante en nuestra propia infancia, e incluso saber que es de su interés conservarlo después de sus funciones, para nuestros posibles nietos.

Yo cuido mis juguetes.

Yo cuido mis juguetes.

Pues en los juguetes el niño y la niña depositan sus más preciados sentimientos. En todo caso, deben ser emociones muy positivas.

“Los juguetes son para romperlos”, dicen muchos adultos cuando alguien se queja de lo poco que duran estos objetos en las manos más pequeñas. Y así están creando un futuro adulto destructor, derrochador, irresponsable, el cual no dará valor a nada -y quizás tampoco a nadie- que tenga a su disposición.

Como el juego es una imitación de la actividad real que el niño ve en los adultos, el juguete es un objeto símil de una herramienta o instrumento de trabajo para los mayores. Y no es igual que el pequeño desarme el juguete, tratando de conocer su funcionamiento, a que lo lance, lo golpee, lo pise, lo patee, lo maltrate.

Cuando la niña besa a su muñeca, está imitando quizás a su mamá, a su maestra, a su padre, respecto de la actitud que tienen en su propia crianza. Y así será ella con sus hijos. Pero cuando la golpea, la tira, le hala del cabello, es lo mismo.

Observemos el comportamiento de nuestros hijos con sus juguetes, y así sabremos el tipo de hombre o de mujer que nosotros mismos estamos construyendo en ellos. Modificando la conducta, rectificaremos los errores: enseñemos a jugar a los hijos, no será una pérdida de tiempo.

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