“Siempre azul”, pequeña obra maestra de Enrique Pérez Díaz.

Portada del libro.

Portada del libro.

En el año 2007 la editorial villaclareña Sed de Belleza, sacó a la luz un libro extraño y original en la Colección Arca.

El título ilustra el contenido abstracto y simbólico de esta novela corta que descubrí hace pocos días en una librería cercana, para luego efectuar su inmediata lectura.

Creo que con Siempre Azul Enrique Pérez Díaz se consagró definitivamente. Pocos libros hay en Cuba (y quizás en otros países) de este corte, sin dudas: de gran profundidad psicológica, que ilustran tanta pena y hondura.

El autor, inmerso en la personalidad de un niño que acaba de perder a su madre por causas ajenas a su mundo y a su lógica infantil, evidencia esa desorientación producida por la ausencia definitiva del ser más amado, y un dolor que no se cura con lágrimas.

El escritor lleva las riendas fuertemente asidas. Nos pasea por la imaginación del pequeño una y otra vez, tratando de reconstruir los sucesos mediante flashazos, como un rompecabezas que poco a poco se descubre. No es hasta la página 33 que conocemos las razones adultas de la atroz circunstancia, expuestas en boca de la abuela paterna:

“-Ella no era buena. Nunca me gustó. Mucho pajarito volando en la cabeza, pero de responsabilidad, nada. No pudo soportar la distancia, tanta soledad y, a su regreso de la guerra en África, él se enteró de todo y actuó como nuestra moral lo exigía. ¿Imaginas un soldado en esa situación? Lo demás, ya lo sabes: un niño sin futuro.”

Más adelante, las razones de la joven madre para su infidelidad son dadas entre los recuerdos del pequeño:

“Él me quiere sólo para sí, como es lógico, y ya ves, no está aquí contigo ni conmigo. Sus ideales parecen mucho más importantes que nosotros. Dice que no puede venir, pero yo sé que si pidiera permiso, seguramente se lo darían. Además, esa guerra que no terminará nunca…(…) Aunque ya no lo quiera y parezca que él tampoco a mí, todavía estoy atada a tu papá por un papel…(…) Desgraciadamente para el corazón, el amor, no cuentan las ataduras de papel, solamente los sentimientos.”

Reconocemos en este contexto de hace treinta años aproximadamente, otros más actuales. La separación prolongada de padres jóvenes por cuestiones de trabajo, desembocan en tragedias similares. A veces no se llega al límite, pero muchas desagradables situaciones son sufridas por los menores.

Porque el amor exige relación, contacto, trato, y en la distancia y los años es evidente que esas palabras están cada vez más ausentes; como consecuencia el índice de separaciones, violentas o no, continúa en alza para disgusto de los hijos.

Otro tanto de análisis ameritan las razones expuestas por la abuela, matizadas por el machismo tradicional y absurdo que impone la ilógica necesidad de un crimen pasional. Es en este punto cuando todo lector cuerdo pasa cuentas al juicio de la anciana y se ubica del lado de la joven madre. Porque resulta que ella también se siente abandonada y traicionada, y es por eso que decide entregarse a otra persona. El problema es que…. Es mujer. ¿Y si sucediera al revés? ¿Si fuera ella quien viaja a consolidar su realización personal y su compañero actúa de manera desleal? ¿Serían iguales las razones esgrimidas por la señora entonces? Buen tema para meditar en la sociedad cubana de hoy, cuando los prejuicios reverdecen con fuerza.

Con gran acierto, Enrique Pérez Díaz  presenta el arte en una de sus funciones más socorridas y necesarias: la del alivio, la de la sobrevida. El niño sólo puede seguir adelante en la ausencia de ambos padres (el joven soldado estará largo tiempo en prisión) a través de la expresión artística que le proporcionará la relación feliz con esta nueva figura paterna recién descubierta: el pintor que amó su mamá en vida y que guarda la imagen de la muchacha entre sus más preciadas obras.

El color, empleado desde el punto de vista literario como leit motiv en la dramaturgia, es el azul; asociado semióticamente a la feminidad por su vínculo con la esencia marina que remite a la matriz, también a la nostalgia, a los recuerdos y a la infancia, a la pureza del cielo protector. Es el viso de la neblina que quedará de todas esas vivencias lastimosas. Y será el color que le guíe en el futuro en cada evocación de la madre que ha perdido.

Enrique nos propone miles de reflexiones entretejidas en la lectura, sin asomo de moralismo o didáctica. Meditaciones acerca de la sinceridad y la mentira, de la necesidad de ser auténtico y veraz consigo mismo; de la inutilidad y el peligro de las guerras y la violencia. Todo con una prosa sencilla y fluida, clara y transparente como lo dice o recuerda el protagonista, pero sin ápice de ñoñería o lástima. Asombro y admiración provoca este lenguaje, mediante el cual el terrible suceso, motivo de la obra, puede ser abordado en voz del eslabón más afectado, con dolor de entraña.

Sin embargo, considero muy personalmente que Siempre Azul no es literatura para la infancia. Aunque su autor ha expresado en ocasiones ser partidario de la terapia de choque en el género -vertiente muy actual, por cierto, abrazada por la vanguardia de los escritores para la niñez más galardonados a nivel mundial- creo particularmente, como diría Dora Alonso una vez, que las primeras edades necesitarían empeñarse mejor en los buenos recuerdos de la vida, porque… quién sabe cómo será el futuro en este mundo, y siendo feliz, la evocación de la infancia será un refugio seguro en cualquier circunstancia que atravesemos, a cualquier edad posterior.

Por otra parte, y esto es importante tenerlo en cuenta, los niños se identifican pronto con los personajes que les resultan atractivos; y sobredimensionan y traspolan fácilmente situaciones y figuras, buscando forzosamente paralelos con su propio mundo, aunque no vivencien en su realidad las mismas condiciones que presenta la narración. Esto sucede con películas y espectáculos televisivos, pero también con la literatura, y puede traerles más de una depresión infundada: mientras más pequeños, peor, y podría citar experiencias cercanas y personales al respecto.

Eso sí: recomendaría muy fervientemente la obra para adolescentes y padres, por su valor entrañable y hondo, sobra decir el literario. Muchos terminarán con lágrimas en los ojos porque, además de la maestría demostrada por el escritor al presentar el mundo mental del infante entre fantasías y sueños neblinosos, sabemos con certeza que -por desgracia- muy verídicas son esas circunstancias para muchos niños en el mundo de hoy.

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