Madres y padres: un llamado a la responsabilidad en el Día Mundial contra el Tabaquismo.

Evitemos fumar por nuestros niños

Evitemos fumar por nuestros niños

Sí, porque no es apenas una mala costumbre sino un vicio peligroso. Literalmente hablando, nos enferma: el cuerpo y la mente. A quienes lo desean y realizan voluntariamente, y a quienes no lo deseamos y nos lo imponen en lugares públicos como una moda supuestamente graciosa o un gesto liberal, sobre todo viniendo de los más jóvenes que se pintan de más adultos o maduros si fuman, aunque tengan cerebro de bebito.

Particularmente para mí es una conducta  indeseable  que produce un aliento pésimo, piel gris y arrugada, delgadez cadavérica, ojeras y mal olor en la ropa y el cabello, además de un estado nervioso lamentable. Los ojos se tornan amarillos y los labios negruzcos; los dientes se manchan. Las manos comienzan a temblar mientras se ponen y quitan el cigarro de la boca, como muñecos de resorte. Imagino que ya esas son las personas que realmente están en estado adictivo. Porque como todos los peligros, lo principal es no comenzar. La prevención es la vida.

Lo peor es cuando las y los fumadores sirven de ejemplo a los hijos y contribuyen a acentuar padecimientos y males físicos. Es un verdadero crimen.

“Hay que verlas, -me dice una de mis hermanas, indignadísima, después de pasar dos o tres madrugadas en vela con el niño, por  la falta de aire- en el Hospital Pediátrico, en el Cuerpo de Guardia, con el chiquito en el coche ahogado del asma, la placa de los pulmoncitos copados del bebé en una mano, y en la otra un cigarro encendido. ¡Es para matarlas (aquí vienen palabrotas que no publico por visitar niños este sitio), porque están asesinando a sus hijos! ¡Y al mío, cuando tengo la desgracia de estar en la sala de espera con ellas!”.

Todo eso es cierto. Pero es bueno hacer notar que también es un suicidio. La punta de un cigarro encendido llega a tener una temperatura de dos mil (2 000) grados Celsius. Ese mismo calor va quemando cuerpo adentro, debilitando las vías respiratorias, que se tornan frágiles frente a la entrada de infecciones virales, bacterianas, y de hongos, y entonces vienen las neumonías y los cánceres.

Fuera de que tengamos genéticamente predisposición a padecerlos o no, el tabaquismo acentúa las debilidades o las produce donde había fortalezas. Esas son las personas que viven largos años con el hábito pero sufriendo constantemente de catarros, pulmonías y así también perjudicando a quienes le rodean con esas toses retumbantes que tanto propagan, y asustando a sus familiares con ataques de anginas de pecho o ingresos innecesarios y molestos en hospitales.

De la parte económica, mejor no hablar: el vicio sale bien caro. Si fumamos, les estamos quitando a los hijos paseos, libros, meriendas, juguetes, ropas y mejor alimentación. Y los adultos, por supuesto, en vez de comer mejor o disfrutar una salida, nos quemamos la vida.

Una reflexión para todas las madres y todos los padres fumadores, desde esta parte azul, aprovechando la fecha: háganlo por sus hijos,  sólo hace falta voluntad. Casos de sobra conozco, muy cercanos, que lo han logrado ante razones de fuerza mayor. Nuestros retoños lo merecen.

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