Cuatro de abril, fiesta del “ya sé leer”… ¿y escuchar?

Fiesta en la escuela

Fiesta en la escuela

Aunque cae domingo, el viernes celebraremos. Más que un acto por los aniversarios de la fundación de las organizaciones pioneril y juvenil cubanas, el hecho de que los alumnos de Primer Grado han aprendido a leer es una alegría inmensa y una tranquilidad futura para todas las madres cubanas.

Se les entregarán diplomas y se harán fiestas, algunas de disfraces, otras de intercambio de regalos. Para muchas madres y muchos padres significa, por supuesto, un ahorro inmenso desde meses anteriores, pues todo corre por cuenta nuestra, desde el cake hasta imprimir los diplomas y plasticar los sellitos que llevarán en el hombro o en el botón de las blusas y camisas. También adornar el aula con cadenetas y faroles, suministrar croquetas, pasteles u otros comestibles que se propongan, refrescos, helados y hay quien piensa en agradecer a la maestra con algún presente. No dudo que lo merezca, y nuestros hijos aún más; aunque pienso que las condiciones económicas actuales deberían suponer mayor austeridad para igualar a los padres que ostentan mayores posibilidades con quienes apenas vivimos de nuestro salario estatal.

Primer intento.

Primer intento.

Todo sea por los hijos, pero también veo venir males. Y es que en la fiesta se pondrá música. Y todo el conocimiento adquirido -de hecho o potencialmente- en el culto acto de “saber leer” queda desterrado al escuchar las horrorosas letras de los ritmos que se escucharán en muchas aulas. Algunos contienen no sólo insinuaciones sexuales propias del mundo adulto, cosa no tan grave si se piensa en los ardientes boleros y los sones plagados de metáforas al respecto o frases picarescas de doble sentido que han existido en la historia de nuestra música popular bailable, sino a franca violencia física de todo tipo, como las últimas que he disfrutado en los ómnibus y otros lugares públicos.

No creo ser moralista cuando me quejo al escuchar en actividades escolares (no en cabarets ni centros nocturnos), incluso de niños muy pequeños, palabras de alarde total dirigidas de hombre a hombre con significado agresivo y violatorio no sólo de su vida, sino de su intimidad masculina. Ya no sólo se trata de vejar a la mujer sino de amenazar al colega (sí, colega, lo cual entraña determinada ética, teniendo en cuenta que son del mismo gremio de cantantes o “artistas”, si es que pueden llamarse así), llegando al límite de lo posible. Lo peor también es que en estas fechas he escuchado las barbaridades en círculos infantiles: son balbuceadas por mis vecinitos y sobrinos, y seguro es que en casa no las aprenden. Muchos me dicen inocentemente que “es una canción muy linda que la seño (maestra del círculo) canta”.

Coro de canciones infantiles.

Coro de canciones infantiles.

Bien es sabido que la carrera de magisterio es una de las que cierra con más bajo promedio académico, por la necesidad nacional de personal que se dedique a esta profesión. Necesidad en extremo urgente, casi desesperada, y no sólo en Cuba, comprobado está, para lo cual se sustituye la calidad por la cantidad y se igualan los maestros de talento y vocación a los maestros por necesidad. La profesión es de las más ingratas, por el enorme sacrificio que entraña, el cual nunca será lo suficientemente recompensado. Es una cuestión como para romperse la cabeza.

Pero en todos los niveles de enseñanza, años preescolares incluidos, basta apenas una pizca de sentido común para saber que a un niño no debe enseñársele lo que no corresponde a su edad, madurez, conocimiento ni experiencia. Se cae de la mata como mango maduro. Y sin embargo, se acrecienta el problema, como si la razón fuera sinónimo de locura. Y ciertas madres y otros tantos padres (no quiero pensar en mayoría) apoyan esto y lo estimulan suministrando el material, porque “es la música que les gusta” (¿!).

Creo que no hay que presumir de mayor o menor cultura, sabiduría o madurez adulta para valorar la sensibilidad hacia el buen arte. Sabemos por las investigaciones sociales de la radio que hay lugares intrincados de la Sierra Maestra adonde llegan las ondas de la mismísima CMBF. Allí mismo, al pie del surco, los campesinos tararean el Coro de la Novena Sinfonía de Beethoven y la 40 de Mozart como si se tratara de El Bodeguero, de Egües;  La Sandunguera de Los Van Van, o la Guajira Guantanamera de Joseíto. Sabemos como comunicadores que lo que se escucha y repite es lo que se pega, sea mentira o verdad, y no solamente como decía el terrible y frío Goebbels. Sin desdorar la rica música popular ni sobrevalorar la llamada clásica, creo que no es difícil para un oído normal percibir la diferencia de calidad en el sonido y en el mensaje verbal de todas estas composiciones mencionadas, contra aquellas ofensivas, que de apenas oírlas nos dan taquicardia. Porque las amenazas contra el rival (el otro autor o intérprete atacado) son pronunciadas hacia el público en franca embestida personal. Es decir: literalmente el intérprete arremete directamente contra quien escucha. Y esto no es apto para menores de edad en ninguna circunstancia.

Esperemos que la ansiada celebración por la luz del saber, transcurra sin sobresaltos y con temas apropiados al nivel cultural que precisamos los cubanos a partir del momento en que aprendemos a leer. Por mi parte, este 4 de abril llevaré a la escuela de mis hijos el grácil disquito con la música infantil creada por Rosa Campo (una excelente persona, artista y amiga de quien comentaré en otro momento), a ver si les gana a los bandidos de la música, esos que nos asaltan a golpes sonoros en cualquier sitio, cuando deseamos escuchar buena música y bien entonada -incluso de sus propios labios y con sus mismos timbres de excelente voz, desaprovechados en tamaños asesinatos a la musa Euterpe-.

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