Los maestros que se van.

Mamá, la primera maestra.

Mamá, la primera maestra.

Cuando entramos a un aula, tengamos la edad que tengamos anotada en nuestro carné de identidad, volvemos a ser niños. Y cuando ella o él nos dan la bienvenida, al momento se transforman en guías que seguiremos ciegamente por el camino del conocimiento; madres y padres espirituales que odiaremos y amaremos alternativamente, ante la vergüenza de ser sorprendidos en la ignorancia o la alegría de acertar en la verdad del saber que ellos nos proporcionan.

Pero cuando ciertamente no somos niños, y ellos no son tan jóvenes, se corren demasiados riesgos. El mayor es el de la despedida precipitada. Porque los maestros también mueren. Entonces nos sentimos como huérfanos y a la vez repletos de un infinito agradecimiento, y lamentamos una vez más no haber pasado otra vez por la Facultad a saludarlo, ni haberla llamado cuando detuvo su auto en aquel semáforo que nos conminó a cruzar por delante; hasta nos provoca culpa aquella discusión que siempre supimos que él ganaría, porque nunca sabremos tanto a su edad, quizás….

En los últimos años hemos perdido a grandes maestros. Seguro son el tiempo y la edad, lógicos causantes de estas despedidas intempestivas. Las amigas de siempre, que la Universidad hizo eternas, me acompañan en el sentimiento de pérdida, en la consternación. Porque los nombres y las vivencias siguen presentes en nuestras reuniones, donde ya no se habla de crítica de Arte, ni del fin de la Historia, ni de Jean Paul Sartré ni de Arnold Hauser, ni siquiera de jóvenes apuestos y dispuestos; sino de hijos y escuelas, y tareas y cumpleaños. Y de ellos: los maestros, también eternos.

Amaury en un tribunal académico.

Amaury en un tribunal académico.

El profesor Amaury Carbón ha sido una estrella ausente que guardamos en los corazones desde el 2007, año en que falleciera. Siempre alegre, en los últimos tiempos cantaba reguetón en latín, a la vez que bailaba, para iniciar sus clases incomparables y exigentes. En simples cursos de Redacción enseñaba Etimología, y gracias a su ayuda pude completar mi insuficiente lectura de “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco; para lo cual no consideró en modo alguno perder su precioso tiempo con una lectora de 19 años. Deportista maratónico, compartía los Juegos Caribe (Quién vive, Caribe; quién va, Universidad) con sus discípulos y era depositario de los secretos y la confianza de muchos jóvenes alumnos. Cómplice de todas las parejas de estudiantes que existían en la Facultad, sonreía al comprobar los nuevos amores y los entusiasmaba con la sonrisa de quien ha vivido y amado mucho.

Nara Araújo, profesora de Literatura Universal de la UH.

Nara Araújo, profesora de Literatura Universal de la UH.

Cuando Cubaliteraria publicó su semblanza a inicios de este año sobre Nara Araújo, quedamos sorprendidos de que aquella mujer optimista, quien hacía gala diaria de sus dotes histriónicas y su brillante inteligencia en cada clase, dejara de existir tan pronto. Orgullosa y arrolladora, burlona y hasta agresiva, la recordábamos en las comprobaciones de lectura del Quijote cuando apenas preguntaba quién era el Caballero del Verde Gabán, sin orientarnos con otras señas de capítulos o páginas; o qué era la Ratonera de Hamlet; o quiénes estaban en el octavo círculo del “Infierno” de Dante; para lo cual, naturalmente teníamos –no sólo- que leernos los volúmenes enteros, sino haber estudiado los porqués y los cuándo, y la dramaturgia y la estructura de las obras. Le temíamos por su mano fuerte de maestra, su crítica despiadada y su absoluto desprecio por quienes no se atrevían a exprimir con las manos las duras semillas del conocimiento, hasta dejarlas secas.

Juanito.

Juanito.

Otro tanto nos sucedió con Juan Hernández, nuestro activo maestro del ICRT, nunca conforme con obra alguna, ausente desde agosto pasado. Dictaba los conceptos en sus clases obligatoriamente, y había que sabérselos de memoria para operar con ellos en los análisis. Preguntaba a bocajarro: por qué esta palabra aquí. Por qué aquel efecto allá. Qué hace ahí esa música. Y teníamos que saber responder. Su extenso dominio de la simbología y la múltiple interpretación lo hacían contendiente peligroso cuando capitaneaba los jurados del Festival Nacional de la Radio, los talleres nacionales, las inspecciones a las emisoras y hasta las clases prácticas. Cumplidor hasta el extremo, falleció trabajando, como siempre quiso. Respetaba profesionalmente a maestros más jóvenes de su especialidad, reconociendo su sabiduría y sus virtudes; aunque él, personalmente, nunca quiso postularse para otro nivel académico que le hiciera superior en categoría. “Ningún papel ni jurado me va a decir lo que sé a los 70 años, ni estoy en competencia con nadie: el que sabe, sabe sin papeles”, me dijo cuando le propusieron evaluarse para adquirir la titularidad en el magisterio de Comunicación que impartía en la Facultad del mismo nombre, antes Periodismo. Tan arrogante en su saber como sencillo en su proceder era Juanito, siempre profesor, pero también siempre estudiante. Pedía a todos que lo trataran de “tú” para lograr un mejor entendimiento, de igual a igual. Su acumulación de materiales de estudio que perennemente compartía, resulta envidiable para un hombre de su edad; y se le podía llamar a cualquier hora a su casa para cualquier consulta. Los últimos casi 15 años de su vida, motivado por dolorosas razones personales, los dedicó a luchar desesperadamente mediante la Propaganda para la Salud, contra el contagio por VIH/SIDA y otras enfermedades asociadas, para lo cual comprometió a todos los propagandistas de los medios masivos cubanos con el PNUD.

Profesor Vicente González Castro.

Profesor Vicente González Castro.

La despedida más reciente que nos sacó lágrimas a muchos por lo inesperada -sobre todo- fue la de Vicente González Castro. Maestro y pedagogo éticamente intachable, ofrecía atención personal y selectiva a los alumnos brillantes tanto como a los menos aventajados. Podía responder la misma pregunta cien veces de cien distintas formas, hasta que aprendías lo más complejo, y él sin inmutarse. Hombre de una paciencia incomparable, reconocía a todos sus alumnos por la calle y nos saludaba para asombro nuestro, llamándonos por nuestro nombre, sin equivocarse; ya hubiéramos participado en un curso intensivo de un mes como en un semestre completo. Receptivo a cualquier duda o consulta, nunca rechazaba la pregunta, por absurda que nos pareciese luego de conocer la evidente respuesta. Nos dejó valiosos volúmenes sobre la comprensión de los medios masivos y los misterios del mensaje mediático. Respetaba su trabajo como a una religión, era de los que pensaba que debes conocer algo profundamente para valorarlo en su justa medida. Compartía con sus alumnos consejos y vivencias íntimas y graciosas, que tallaron humanamente su gran figura ante nuestros ojos.

Por supuesto que los maestros no son perfectos en modo alguno, pero a estas horas, cuando ya no están y comprobamos que seguimos iluminados por su saber en nuestro duro día a día, la vida nos conmina a honrarlos y a recordarlos en sus mejores momentos, aquellos segundos mágicos que abrieron una hendidura de luz entre las tinieblas del desconocimiento.

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