Niños abandonados.

Jugando en la calle.

Jugando en la calle.

Vuelve Cristian a mi puerta. Tiene más o menos la edad de mi hijo. Viene buscando siempre algo, maravillado por los juguetes regados por la casa, la mayoría rotos o viejos de tanto uso; por los lápices de colores, y hasta por esos otros juguetes que inventamos entre todos, con cajas e imaginación.

Sus juegos son destructivos. Si es a los carros, hay que chocarlos hasta romperlos. Si es a la pelota, la tira con una fuerza bestial contra los muros, mezcla de rabia, envidia y resentimiento, deseando reventarla.

Es un niño infeliz, desatendido. No porque no tenga juguetes, sino porque no tiene amor. Aparece justo en los horarios de almuerzo o merienda, y si se le deja entrar, revisa la casa completa y mete la cabeza dentro del refrigerador, preguntando y registrándolo todo. No tiene educación alguna, aunque a veces la imita, tratando de seducir con saludos y supuestas gracias. Anda siempre sucio y despeinado, vestido apenas con el short del uniforme hasta en vacaciones, cuando es una de las prendas que más cuidamos las madres por lo escasas que son, ya que se venden en bonos dados por la escuela. En la bolsa negra son caras además.

Su excusa es que su mamá siempre está limpiando la casa y lo saca para la calle. Pero desde el amanecer está ya en ella, todos los días, hasta la una de la tarde, deambulando por las aceras, con peligro de ser arrollado por los autos que pasan veloces por la avenida 23 o quizás seducido por algún turista enfermo de la mente que desee explotar con perversión su inocente hambre, que es tanto física como espiritual.

Otras veces llega pasado el mediodía y argumenta que no tiene que volver hasta las seis, cuando en invierno es ya de noche.

Si lo dejas pasar, no quiere salir luego. Vive según sus reglas, como un Huckleberry Finn cubano y actual. Desde los dos años juega solo en el parque, donde trata de conseguirse amigos a la fuerza, apegándose sobre todo, curiosamente,  a quienes vienen acompañados de sus familias. Es empalagoso en su búsqueda y sólo consigue el rechazo de los otros chicos, satisfechos de hogar y atención.

Pero nadie sabe si hay alcoholismo o violencia en su casa, pues siempre miente cuando habla de su familia. Cómo lo dejan estar fuera tanto tiempo sin saber de él, no nos cabe en la cabeza. Pero ese abandono le hace daño y se siente solo, aunque alardea de su socialidad. Dicen algunos padres del barrio que seguro le pegan y gritan mucho antes de echarlo cada día, es un niño que molesta en casa, y por eso es mejor para él y sus padres que ande así, silvestre.

Por desgracia hay muchos Cristian, siempre han existido, pues recuerdo esos casos de cuando era yo niña, en mi aula y en mi escuela, hembras o varones. Pequeños cuyo cuidado no depende tanto de la situación económica como del amor que le profesen sus progenitores o tutores.

En el tiovivo.
En el tiovivo.

Vuelvo a meditar una vez más sobre la maternidad y la paternidad, que debieran ser absolutamente responsables y vocacionales, y no una obligación o un deber social, ni moral, ni religioso, ni familiar. Sería mejor que en el mundo viviesen menos personas, pero más dichosas, deseadas, protegidas y amadas por sus padres.

 Y sobre todo felices; y por supuesto, ninguna tan abandonada, rechazada y triste como Cristian.

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Una respuesta to “Niños abandonados.”

  1. José Rovira Says:

    hola Alina, Gracias por participar en “Cuéntanos tu blog”. Veo que tu blog tiene muchísimas visitas y mucha información. Felicidades por el trabao


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