Adolescencia y amor: del ayer y de hoy.

Adolescentes

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En tiempos pretéritos, la adolescencia era nada más y nada menos que la edad casadera de los seres humanos.

En la tragedia de William Shakespeare la madre de Julieta, de 26 o 27 años, le exige a la hija una decisión en cuanto a elegir esposo, porque ya está tarde en su cumpleaños número 14. ¡Ella misma tuvo a Julieta a los trece años! Y nada de maternidad independiente, sino sacramente casada.

El joven Paris, pretendiente favorecido por la familia, tiene 19 años y es llamado “viejo” por Julieta y sus amigas. Romeo, en cambio, tiene 17. Un adolescente pleno.

Claro está que en la Inglaterra de esos tiempos el promedio de vida era alrededor de 40 años, la mujer no tenía derecho al estudio ni a mucho más. Así, era necesario tener los hijos temprano, pues cada año valía por dos de los nuestros. Era toda una suerte llegar a los 60. Ni se hablaba de la “tercera edad”.

Pensando

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En esa época, por supuesto, no había manera de prevenir embarazos ni de protegerse de enfermedades sexualmente transmisibles. No existían antibióticos, ni las vitaminas y proteínas estaban sintetizadas o encapsuladas. Se vivía como se podía, si bien el sentimiento amoroso, ligado profundamente a las descargas hormonales (aunque se pretenda negarlo), florecía como ahora. Eso no ha cambiado ni cambiará, y creo que es una suerte.

Las relaciones sexuales en la adolescencia no son comportamientos atávicos. Biológicamente es una etapa de florecimiento hormonal, cosa nada diabólica ni pecaminosa sino totalmente natural, y ha sido así por los siglos de los siglos.  Como mismo también es una etapa inestable emocionalmente. Elegir la espera, la contención o la autosatisfacción, es tan opcional y válido como asumir una relación temprana que puede resultar y durar desde décadas hasta toda la vida, como las conozco.

Las glándulas del sistema reproductivo, y las hormonas producidas por ellas, funcionan a partir de la suprema dirección del sistema hipotálamo-límbico, asentado en pleno cerebro humano, el cual controla tanto los instintos primarios más salvajes (el hambre, la maternidad, la huída ante el peligro, el deseo sexual, el temor a la oscuridad) como los sentimientos humanos más nobles y elevados (el amor, la fraternidad, la solidaridad, la religiosidad).

La carrera por vivir más con menos enfermedades tiene que ver con ambas cosas: con la protección íntima y con el amor, que por cierto, creo debiera seguir siendo tan íntimo como siempre, y no una práctica casi deportiva, como con frecuencia leemos o escuchamos: “practicar el sexo”, como si se tratara de natación o béisbol. En esto juega un papel esencial la educación y el ejemplo que demos a los hijos. Y que nos hayan dado nuestros padres.

Sin embargo, también sabemos que los amores eternos son prácticamente un mito, un ideal, un sueño. No es que no existan, pero la posibilidad de que congeniemos con una única persona en todo el mundo y en toda nuestra vida es ínfima. Hay que ser realistas, sobre todo al conversar con nuestros hijos, que todo lo cuestionan muy lógicamente. El cuento del príncipe azul y la princesa rosada es todo un engaño de cuentos de hadas, tanto para muchachas como para los varones. Y los cuentos de hadas pertenecen a la más tierna infancia, aunque… a veces ni eso. Los niños actuales se percatan de todo detalle de las vidas adultas, y sacan sus conclusiones, por supuesto.

Como mismo razonan mis sobrinos de once años: llegar a la ancianidad peleando y discutiendo a toda hora como un par de hermanos majaderos, no es el famoso sueño del amor eterno. Por mucho que hayan pasado juntos y se hayan aguantado y perdonado; siempre sin hablar de violencia, porque pienso que esta es simplemente inadmisible en cualquier tipo de relación, por mucho juramento o promesa que se haga.

El amor de pareja tiene su parte de atracción puramente física, que es tan importante para la convivencia prolongada y satisfactoria, como la espiritual. No somos entes que flotamos en el éter, sino seres con un cuerpo físico, cuyas funciones se evidencian bastante en esa etapa de la vida.

Creo que debemos, ante todo, ser sinceros y proponerles siempre buscar a la persona con quien mejor se sientan, que les proporcione respeto y consideración además; aunque haya que dejar otra relación atrás que no pudo progresar. Eso también es humano, y vital para una vejez feliz.

Pues como la vida y el amor son cambiantes y dialécticos, hemos de cuidar la una y el otro. De nosotros y de nuestros hijos.

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