SIDA: ¿A mí no me toca?

Rosa deshojándose

Ya rezaba en tiempos legendarios un sapientísimo adagio bíblico: “Nunca digas: De esta agua no beberé”. En el argot popular se dice: “No escupas hacia arriba porque puede caerte en la cabeza”.

Negar la probabilidad individual del contagio con el Virus de Inmunodeficiencia es escupir hacia arriba o pensar que nunca beberás de esa agua amarga. Un virus no tiene discernimiento para elegir a su hospedero, sencillamente ataca a quien sea en cuanto se presenta la mínima oportunidad, sea accidental o consciente.

Estar del lado de las personas infectadas, atenderlas, aliviarlas, favorecerles la poca salud que les queda, hacer campañas para la eliminación de la enfermedad, es más humano y bondadoso que debatir si es moral o no adquirir el SIDA, y juzgar a las personas que lo padecen como si fueran despojos y no personas. No tenemos derecho a condenar a nadie por contraer una enfermedad, incluso si fue por irresponsabilidad, pues errar es de humanos, y no somos dioses ni seres perfectos. Todo lo contrario: busquemos un espejo.

Con demasiada frecuencia vemos a las personas mayores referirse al tema del SIDA con prejuicios morales y afectivos que trasladan a los más pequeños. Lo asocian a comportamientos libertinos, a conductas inmorales, y rechazan de plano el caso de que se puedan infectar ellas mismas con la enfermedad en cuestión, poniendo esta situación como imposible.

Sin embargo, existen casos de errores en transfusiones, instrumentos quirúrgicos y simples inyecciones. O violaciones, abusos sexuales, en los cuales la peor secuela ha sido la del SIDA. No han sido víctimas precisamente personas de barrios marginales, adolescentes alocados o prostitutas.  

Dado que cualquiera en cualquier lugar puede haberse visto en una situación de ese tipo (mujer u hombre, homosexual o heterosexual, adulto o menor), en este mundo desconsiderado e imperfecto, la posibilidad de adquirir no solo ésta sino cualquier enfermedad, no es nula en ningún caso.

Muchos padres de familia en un encuentro casual y secreto, de esos que nunca se le cuentan a nadie, puede llevar el SIDA a su aparentemente dulce y armonioso hogar. Ya ha sucedido. Muchas jóvenes vírgenes pueden adquirirlo en la primera relación matrimonial, con un joven esposo que apenas probó una vez antes de casarse, porque era “sólo para tener algo de experiencia”. Ya ha sucedido también. Muchos bebés, al momento del parto, contraen el virus desde la madre o debido a los instrumentos mal desinfectados. Y puede descubrírsele a los siete o a los doce años de incubado. Es más común de lo que se piensa.

Porque con el SIDA, a la primera va la vencida, no a las tres. En todos los casos.

Y lamentablemente nos puede tocar.

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