Consejos de un doctor viejo (I). Salud y alimentos.

Joven doctor en consulta

Joven doctor en consulta

A E. P. B. siempre con su tabaco en la boca.

 

A G. A. H. quien nunca dejó de usar su fluoroscopio.

 

Quiero recordar hoy, para bien de niños y de mujeres gestantes, los consejos que me diera un médico viejo. No era muy anciano cuando falleció hace algunos años ya, y nada famoso, por cierto, siempre callado, observador. Sin embargo, siempre fue un gran profesional de la salud, literalmente hablando.

Solía decir: “Ahora la gente cree cualquier cosa, le hacen más caso a las noticias más ilógicas que a sus estudios y conocimiento de base. Que las carnes estimulan la cirrosis, que la leche ocasiona cáncer, que si el huevo eleva el colesterol… ¡hay que ver quién provoca la enfermedad: si el exceso de alimentos o el exceso de información!”.

Él era de los que sabía siempre qué tenía un paciente: desde una simple gripe hasta una meningoencefalitis. Ordenaba análisis que podían o no dar con la infección, y tras mirarlos y examinar  al paciente, decía: “No salió nada pero no importa, tú me tomas tal y tal antibióticos, y tal analgésico y vitaminas”, etc. Era un maestro del diagnóstico. O más bien, un gran estudioso. No esperaba tres días por una fiebre, ni cinco, ni diez. No rechazaba de plano el uso de antibióticos, ni confundía una infección viral con una bacteriana. Para él, un catarro no podía durar un mes, porque “desgastaba el cuerpo”.

“El sistema inmunológico se debilita con las infecciones como un ejército ante una invasión. Su entrenamiento solo debe ser a través de vacunas, con organismos inactivos, no exponiéndose a enfermedades innecesariamente.” Decía.

Nunca revisó Internet; no tenía, de hecho, acceso a ella; allá a fines de los noventas, pero escuchaba los comentarios de los más jóvenes y aconsejaba: “Internet es un mundo lleno de información de todo tipo, verdadera y falsa, y la gente la cita como a un gran investigador. En Internet hay, de hecho, cosas muy buenas, pero también las más grandes mentiras, muy bien pagadas, por cierto, ya sea en forma de estudios aparentemente profundos respaldados por instituciones de prestigio o aventuras pseudocientíficas que solo prueban, peligrosamente, los rumores. Porque siempre hay quien se aprovecha; y lo peor es que la respetan como a una universidad suiza”.

Aconsejaba a sus pacientes femeninas sobre alimentación y dietas: “Para las mujeres en edad reproductiva son vitales los alimentos proteicos de origen animal, para evitar la osteoporosis y la anemia, y para que no aborten. Estos problemas han aumentado mucho en el mundo y seguirán aumentando por la publicidad comercial agresiva que se lleva a cabo contra estos alimentos, a la cual se suman muchos profesionales que se dejan seducir por ellas”. Por él supe que las carnes rojas poseen una proteína importante: la Integrina, la cual interviene, entre otras funciones, en fijar el óvulo fecundado al endometrio. También otorga fortaleza a los tejidos, previene hernias, asegura fortaleza muscular. “Cada vez que una mujer tiene la menstruación, puede estar abortando un pequeño cigoto, un futuro embrión. Y eso es un hijo que se le va. Si tiene la Integrina baja, no lo fija, y lo aborta sin saberlo. Las dietas tienen que estar totalmente balanceadas, hasta la harina de trigo es necesaria. Hay que comer pan. Si te sientes mal, no es que el alimento haga daño, sino que tienes un problema en alguno de tus órganos. Y la medicina está para sanarlo. No se puede tirar el sofá por la ventana, no se puede quitar el alimento, sobre todo en tiempos de crisis y escasez.”

También era un gran farmacéutico. Tenía sembrados de sábila, mejoraba grandemente a quienes sufrían distintos tipos de males, pero “oye, no me dejes los medicamentos, sigue tu plan”.

Una amiga, arqueóloga de profesión, se trataba las infecciones que adquirió en las excavaciones típicas de su carrera, y al comentarle su gestación incipiente, él se alarmó: “Me tienes que dejar la sábila, es abortiva”. “Pero cómo, se asombró mi amiga, con todas las bondades que dicen de ella”. “Sí, pero también hay que decir las maldades. Las hierbas no están procesadas, como las tabletas. En las hierbas están todos los efectos secundarios de los medicamentos procesados, más otras reacciones químicas de los compuestos propios de la planta. Hay que saber manejarlas muy bien, para no causar daños. Y como la sábila, otras hierbas. Un gran remedio es el anís. Para casi todo. De esta planta se extraen muy buenos medicamentos en el mundo desarrollado. Para los bebés es excelente, aunque ahora se estile decir lo contrario”.

A cualquier amiga o amigo que comparte ahora estas líneas, le interesaría conocer el nombre de este ameno y sabio personaje, pero es algo que les seguiré debiendo, pues no cuento con su tímida y modesta autorización desde el “más allá”, para revelarlo. Digamos solamente que existen muchos médicos como este, y tengamos fe en ellos para encontrar nuestra salud y la de nuestros hijos, lejos de los intereses escondidos tras la propaganda mediática que lanzan cada día y a cada segundo los complejos farmacéuticos transnacionales en contubernio con las grandes industrias productoras, envasadoras y distribuidoras de alimentos, a quienes mucho convienen las dietas y la poca salud de la gente buena que vive en este mundo. Habría que preguntarles si siguen personalmente, en la intimidad de sus hogares, los lemas que exhiben, o todo queda en… Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago.

Salud y suerte. 

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