Hadas de blanco para niños sin sueño

Muchos padres de hoy día tenemos hijos que no duermen bien. O que no duermen del todo. A pesar de eso, pocos buscan la atención especializada del médico, ya sea por temor, ya sea porque no han encontrado al especialista adecuado para cada caso. Pero existe, claro que sí; fuera de las peregrinas ideas que otras personas, con la mejor voluntad del mundo, les intentan hacer creer. Vean, por favor, la siguiente historia, y no teman al futuro.
 Javier nació después de 38 horas de trabajo de parto.
El trabajo de parto, según la bibliografía médica especializada y la destinada a la preparación psicoprofiláctica de las gestantes, se define como las contracciones rítmicas, a repetición, exista o no dilatación del cuello uterino, y se cuenta desde la primera de tipo doloroso (Doctor Rafael Porúas Toll: Preparación para el parto).
La joven madre, de 27 años, cumplía 38 semanas de un muy saludable embarazo cuando, a las 4 de la tarde de un viernes, le avisaron de la muerte de un amigo querido. A las 12 de la noche sentía la primera contracción y no se detuvo el proceso hasta el domingo a las dos de la tarde, cuando, sin poder lograr la dilatación necesaria, fue intervenida con espátulas para lograr la salida del bebé. Como resultado del parto demorado, este traía una Parálisis Facial Periférica Izquierda, además de Tortícolis; esta última se le detectó a los 4 meses, cuando el bebé comenzó a tratar de sentarse y de mantener erguida la cabeza, infructuosamente.
Los padres se asustaron al escuchar las palabras del neonatólogo, pero pronto les aclararon que parálisis facial es relativa a nervios y músculos del rostro, y parálisis cerebral es un mal sin cura hasta la actualidad.
Fueron remitidos por la pediatra a cargo, la Doctora Celia, al Hospital Infantil Pedro Borrás Astorga donde, bajo la tutela del fisiatra, Doctor Carlos Viñals, y las mágicas manos de la fisioterapeuta Damaris, fue excelentemente atendido durante dos años y medio. Al practicarle la Electromiografía en el Hospital Julito Díaz, se detectó además, un compromiso severo del nervio facial. Hoy Javier tiene 8 años y aún mastica y traga lentamente, aunque su rostro parece simétricamente perfecto, y goza de una gran belleza.
Pero esto no fue el problema más grave.
Javier nació a las dos de la tarde del domingo y no durmió hasta las 5: 45 de la mañana del lunes siguiente. Al principio padres y doctores pensaron que esto era una consecuencia de un evento tan fuerte, sin embargo, el bebé continuó despierto el resto del tiempo que permanecieron madre e hijo en el hospital; y ya en el hogar, la situación empeoró. Javier se convirtió en un niño sin sueño.
Fue alimentado con pecho exclusivo hasta los 4 meses de edad, y su mamá cumplió todas las indicaciones médico-dietéticas orientadas. Los pacientes padres estaban desesperados pues la falta de descanso había hecho mella incluso en su relación de pareja. Se manifestaban huraños entre ellos, y aún más porque el niño comenzó a dar perretas sin causa alguna, hasta llegar a ponerse morado.
Buscaron otros especialistas de la zona: neurólogos, nutricionistas, homeópatas, pediatras, sicólogos, y tras un análisis físico y sicológico general del bebé y sus padres, los especialistas concluían que no había ningún problema, todos gozaban de una salud envidiable. Pero Javier continuaba sin dormir.
Es decir, sí dormía: de 12 de la noche a dos de la mañana. Despertaba y pedía ir a retozar con sus juguetes en el corral, con la luz encendida. Tras dos horas, a las 4, volvía a caer hasta las 6 de la mañana. No dormía una hora más durante el día.

Algunos familiares, amigos y conocidos, incluso los propios doctores hablaron de malas crianzas y hábitos, de la necesidad de impornerle regímenes a un… bebé.
El barrio entero supo de este niño en vigilia, y las vecinas le decían a la madre: -Hoy hubo guardia, ¿no? porque vi la luz prendida en la sala.
También la ayudaban complaciendo a la criatura, unos por lástima, otros por asombro.
Sí, le hicieron caso a la tía abuela vieja y a las mismas vecinas: que si vasos de agua encima o debajo de los muebles. Que si la oración de San Judas Tadeo y San Luis Beltrán. Que si bautizarlo o hacerle el santo. Que si ojitos de Santa Lucía o rezar el rosario tantas y tantas veces. Nadie acudía. Ni de la tierra ni del cielo. ¿O sí?
Una amiga del trabajo le dijo a la madre que su hijo era un niño índigo, nacido en el año 2000 y con inteligencia superior; pues Javier cumplía todos los parámetros pediátricos de avance intelectual y físico- motor, a los cuales ambos padres y el resto de la familia estaban siempre muy atentos por su difícil situación. La madre, desesperada, le replicó que ahora era usual nombrar así a las anomalías de la infancia, como en los tiempos de las cavernas, donde las enfermedades extrañas eran consideradas dones extravagantes de los dioses del cielo, y ella no se sentía precisamente feliz por eso. Quería que su hijo fuese un chico como todos los demás: ni índigo, ni dorado, ni plateado.

Sabía que algo malo sucedía en su cerebro. Sabía que los bebés deben dormir de 12 a 16 horas, por mucho stress y tensión que haya en la vida moderna, por mucha televisión y películas que se vean, según justificaciones que escuchaba; entre las cuales se incluían consejos como: suspenderle las necesarias vitaminas del complejo B que el Fisiatra había ordenado suministrar al bebé para mejorar su estado facial, muscular y nervioso, porque le producían un exceso de energía. Nada más lejano a la verdad.
Esta situación, prácticamente insostenible, se mantuvo hasta que oyó hablar de la Clínica del Adolescente de Miramar. Allí supieron de la existencia de casos similares, los cuales fueron remitidos en la primera consulta a la Especialista en Trastornos del Sueño Infantil, Doctora María de la Caridad Galiano Ramírez. Como un hada vestida de blanco, tocó con su varita los párpados de Javier, y al fin se cerraron durante 8 horas seguidas, con la alegría inefable de ambos padres.
Antes de lograr semejante éxito, primeramente se orientó un Electroencefalograma. Para ello se le suministra al niño menor de 5 años un cuarto de tableta de Levomepromacina, Sinogán en el mercado internacional. Se supone que todos los pequeños se sumerjan en un profundo sueño y el análisis transcurra sin contratiempos. Pero a la hora, Javier seguía tan alegre y despierto como al llegar, y hubo que hacerle el procedimiento en estado de vigilia, con gran asombro de médicos y técnicos.
La madre esperaba una noticia fatal como resultado del análisis, sin embargo, la doctora le explicó que se habían detectado apenas dos focos grandes de paroxismo en los lóbulos frontal y occipital. Estos se debían, al parecer, a los choques del cráneo del bebé contra el cuello del útero durante el prolongado trabajo de parto, causa que podría hacer de Javier un niño epiléptico. De ahí las perretas sin consuelo y sin motivos aparentes.
Le advirtió que el tratamiento a cumplir llevaba medicamentos fuertes y muchos años de paciencia, y ella aceptó sin vacilar. -Usted es quien sabe, le dijo la madre, entregándole la salud de su hijo.
Hasta hoy el niño ha consumido Levomepromacina, Carbamacepina, Tioridazina, siempre acompañado de suplementos vitamínicos y antihistamínicos. Ningún alimento ha sido suspendido, ni proteínas, ni minerales, ni vitaminas ni carbohidratos, ni grasas.
En la escuela tiene un desarrollo normal con excelentes resultados académicos. No posee ya trastornos en la conducta diurna.
Javier tiene hermanos menores, nacidos por operación cesárea, quienes no padecen de epilepsia y duermen perfectamente. La familia continúa unida.
Sepan todos los padres y las madres de niños sin sueño, que nadie sino los buenos médicos pueden salvar a sus hijos. Las hadas y los magos vestidos de blanco están ahí, como dioses de la vida contemporánea. Han estudiado lo suficiente y tienen equipos e instrumentos para curar o mejorar los pequeños cerebros de nuestros infantes, cuyo color, por cierto, es el mismo que el de todos los demás.  

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