Lay, Lester y yo

Escuela Primaria “Ormani Arenado Llonch”Estudiábamos juntos el quinto grado, en la escuela primaria “Ormani Arenado”, situada en la calle 17 entre 12 y 14, plena capital cubana. La maestra se llamaba Florentina, Tina le decíamos. Era alta, teñida de rojo oscuro, y con ojos muy verdes, que le hacían un bonito contraste. Era muy exigente, y no le agradaba vernos conversando; cosa que hacíamos en demasía.

Allí, junto a las ventanas verdes que daban para el gran patio de 14, nos sentábamos los tres. Yo siempre en el medio, Lay delante, Lester detrás. Éramos tranquilos. Lay y yo flacos, Lester, gordito. Lester y yo rubios, Lay de piel oscura y cabello recio. Lay y Lester varones, yo niña. En fin, no nos parecíamos en nada los tres, así dicho. Estudiábamos juntos, nos prestábamos bolígrafos y gomas, discutíamos la tarea, y, eso sí lo recuerdo mucho: a los tres nos encantaba dibujar.

Sin embargo, sólo yo seguiría esta afición, intentando profesionalizarla. Pues al final de sexto nos separamos. Yo para la escuela de arte. A Lester le ofrecieron la beca vocacional Lenin. La tomó. Permanecía aún allí en décimo grado cuando entré a estudiar Física. Nos abrazamos con gran cariño. Más tarde supe que se hizo médico. Debe ser muy bueno también.

Rafael Lay Jr.A Lay no lo vi más. Es decir, en persona; sin embargo, supe que  se hizo un músico excelente. Nacimos el mismo día del mismo mes del mismo año. Y desde que lo descubrimos, sentenciamos que éramos jimaguas. ¡Pero cómo!- se burlaban los compañeros del aula. -¡Y en el mismo hospital! Esto último lo confrontamos con las madres, pensábamos así asentar la credibilidad de nuestra pasada historia familiar. Madres y padres distintos, pero eso era lo de menos: ¡éramos jimaguas! Los más racistas nos señalaban las diferencias de piel y de cabello, pero insistíamos en que eso no era importante. Fue más lindo tener un hermano jimagua, aunque apenas duró dos años.

Aunque Lester no era jimagua con nosotros, también era otro hermano. Pocos nos entendían, pero tampoco importó mucho. Por eso, cada vez que llega mi cumpleaños, recuerdo a mi gemelo. Y quisiera encontrarnos los tres de nuevo para celebrar juntos la ocasión familiar, como haríamos si tuviéramos 10 años. 

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