La conversación telefónica es todo un arte. Muchos niños ya saben hacerlo, y lo realizan tan bien como un adulto educado. O mejor que él.
Es muy fácil. Si nos llaman, descolgaremos el manófono y anunciaremos nuestra presencia diciendo: “Oigo”. También puede decirse el apellido propio, como se estila en Alemania, por ejemplo: “Familia Rodríguez”.
Si del otro lado nadie se identifica, deberemos preguntar por favor “quién habla”. Por el contrario, si somos nosotros quienes hacemos la llamada, lo primero es saludar: “Buenos días, tardes, noches”, luego, pedir por favor con la persona que deseamos conversar. Si reconocemos por la voz a algún familiar de nuestro amigo, podemos identificarlo y saludarlo.
Nunca gritaremos a la persona que está del otro lado, ni usaremos confianzas inesperadas, o pedir con el interesado groseramente: “Ponme a Fulanito ahí, anda”. Nada de eso. También deberemos dar las gracias, cuando la persona que nos está atendiendo, nos pida esperar a que Fulanito se ponga al habla.
Si tomamos la llamada para alguien que no está en el lugar, podemos pedirle amablemente al interlocutor, si desea dejar algún mensaje o recado para cuando regrese, o dejar su nombre para que lo llame de vuelta. Sin insistencia; que no se trata de chisme sino de ayuda. No es para enterarnos de quién llama y qué quiere, sino para favorecer el trabajo o la vida de la persona que no está en ese momento disponible para usar el teléfono.
Al terminar las conversaciones nos despediremos amablemente, no con la frialdad de las escenas telefónicas propias de las películas, que parece que dejan al otro con la palabra en la boca: un caso de elipsis cinematográfica que poco aporta a la educación; digamos que más bien atenta contra ella.
No importa la estatura: hablar por teléfono puede ser un arte fácil para los más pequeñitos de la casa, bueno de cultivar en el presente y excelente para su futuro.


octubre 31, 2011 a las 6:42 pm
k agrio